Política y carnaval

Publicado en: El País (10.02.2013)(blog ‘Micropolítica‘)

La corrupción (real y percibida) está destrozando la poca confianza política existente y, con ella, se arrastra a nuestra arquitectura institucional hacia un peligroso estado de colapso. Los cimientos se hunden. El edificio se tambalea. La sensación se extiende a los comportamientos individuales ilegítimos e ilegales que no son la excepción sino la punta del iceberg de un sistema corporativo que, por su parálisis regeneradora, ha creado las condiciones para que lo excepcional (el delito o su posibilidad) parezca sistémico.

El peor momento de valoración de nuestra democracia y de nuestras instituciones ha coincidido con la semana -y el fin de semana álgido- del carnaval. Hay algo de metafórico e irónico. El todo vale (de la fiesta lúdica) parece que se ha apoderado de la política. La máscara carnavalesca es, casi, un símbolo del carnaval político en el que nos encontramos.

Máscaras. De nuevo un micrófono abierto ha revelado el auténtico rostro de la política, de una manera de entenderla: la que dice lo que no piensa, la que hace lo que no dice. La confesión de la directora de la Agencia Tributaria, Beatriz Viana: «No sé ni lo que he dicho, me van a sacar cualquier barbaridad», en relación a sus explicaciones por el caso Bárcenas, es un insulto a la inteligencia y a la institución. Sin dignidad no hay responsabilidad.

Duro contraste con la comparecencia, en la misma sede parlamentaria y en la misma semana, de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) que hizo acto de presencia en el Congreso, representada por su portavoz, Ada Colau, que sí que sabe lo que quiere decir y cómo. La activista acudió con el objetivo de defender las propuestas de «mínimos» de la iniciativa legislativa popular (ILP) que reclama que la Cámara baja debata la dación en pago retroactiva, la moratoria de los desahucios y el alquiler social. Lo hizo ante la comisión de Economía y Competitividad. Y lo consiguió. Ada desenmascaró la farsa.

Fiestas. Nunca habría pensado que el confeti tendría tanto protagonismo en política: de la inocencia infantil de los papeles de colores, a la vergüenza de los mayores. Las revelaciones sobre la compra y el suministro de este artículo en fiestas personales y familiares de la ministra Ana Mato, a cargo de la red Gürtel, la ha dejado frente a la evidencia de sus actos. La fiesta se acabó, aunque Mariano Rajoy decida mantenerla en el cargo. «Se lo merece», dice.

Músicas. Las chirigotas de Cádiz han vuelto a poner ingenio y humor al estado de ánimo de cabreo y malestar ciudadano. Así, Los Recortaos, una de las agrupaciones más cáusticas y populares de los últimos años, han quedado segundos con sus letras de denuncia y su puesta en escena provocadora y lúdica. A pesar de que la policía ha registrado sus camerinos y ha examinado su disfraz, como ellos mismos han denunciado, en un intento de intimidar su libre expresión y su actuación.

Las letras de Los Recortaos ponen música al silencio de muchas personas y situaciones. Música comprometida, humor e ironía comprometidas. Las nuevas armas de las revoluciones de las mareas: fiesta y denuncia. Acción y comunicación. Imaginación y creatividad.

Disfraces. Ser quien no eres. Aparentarlo. Ocultar tu identidad. Aprovechar el anonimato para obtener lo que la transparencia no permite, ni tolera. Disfrazar, maquillar, tapar la realidad. Transformarla sin regenerarla. Añadir capas y capas, evitar los cambios. Parecerlos. La política es -lamentablemente- vista como un disfraz, como un artificio. Y los políticos como enmascarados. Injusta generalización, como cierta es en términos de opinión pública.

La política democrática está fuertemente cuestionada por la inacción y la miopía de sus principales actores: los partidos y los políticos. Mientras, en la lucha (y competencia) por la regeneración democrática, la denostada Justicia está reaccionando a tiempo y con la celeridad con la que no siempre actúa. Los tribunales son vistos como contrapoder político al Ejecutivo y al Legislativo. Y los ciudadanos -y sus organizaciones más activas- no descartan la judicialización de la política. Es un síntoma de los tiempos. El repunte positivo, en términos de aceptación ciudadana, que tiene hoy la Justicia es el reflejo de la lucha entre los poderes por salvarse del hundimiento colectivo. Recuperan parte del prestigio perdido. Hoy, el único disfraz que sube enteros es el de la toga. El caso Dívar, y su chantaje sádico a las instituciones, marcó un antes y un después.

El polifacético Friedrich Dürrenmatt escribió: «No dudo de la necesidad del Estado; dudo de que nuestro Estado sea necesario». Esta convicción se apodera de la mayoría de la sociedad. La necesidad de un reset general de nuestro estado avanza con fuerza. Las próximas convocatorias del 16F y del 23F van a suponer nuevas mareas democráticas. Y nuevos contrastes. La gente no se agota. Lo que se agotó es su paciencia.

Asistiremos, en los próximos meses, a un combate estético y ético entre la antipolítica y la alterpolítica como alternativas para hacer frente a una política convencional cada vez más hueca, vacía y casi sin respuestas. El carnaval se acabó.

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