Peligrosas palabras

Publicado en: El País (16.04.2013)(blog ‘Micropolítica’)

Hemos cruzado una línea. Cuando se insulta —gravemente— a los ciudadanos a los que se debe representar o servir, se pierde algo más que la moderación exigible a todo servidor público. Se rompe el nexo democrático que une la política con la legitimidad. Cuando se pierde el respeto a los ciudadanos, no se puede pretender que estos te respeten.

La ofensiva verbal contra los escraches, sus líderes y sus causas no es casual, ni es espontánea. Obedece a un plan. Profundamente equivocado —y peligroso— pero un plan. Saben lo que hacen, aunque no sepan lo que dicen. Las palabras se contorsionan hasta más allá del error y el exceso. Se vuelven irreconocibles. Y, sin ellas, no hay política. «En el mundo académico las ideas falsas no son más que falsas, y las inútiles pueden ser divertidas, pero en la vida política pueden arruinar la vida de millones de personas», afirma Michael Ignatieff. Y no le falta razón.

Persistir, conscientemente, en la distorsión del lenguaje es extraordinariamente grave en política. Sin contención responsable te conviertes en un hooligan y en un pirómano. La moderación del lenguaje es el pilar central sobre el que construir espacio público democrático. La ponderación y la ecuanimidad completan los fundamentos de lo público porque privilegian los argumentos a los prejuicios. Romper deliberadamente esta base es perverso e irresponsable. No hay arquitectura democrática sin cultura democrática. Decía Abraham Lincoln que «hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios». Hay quien no ha comprendido que la misión de un servidor público es incompatible con la de un agitador.

María Dolores de Cospedal ha cometido tres errores: ha exagerado, ha manipulado y ha humillado a las personas a las que ha acusado. Los escraches son discutibles y, probablemente, perjudican —involuntariamente— a la causa que defienden, pero no son fascistas, ni terroristas. El nazismo es otra cosa. Y mentarlo sin pudor, ni rubor, es obsceno. Cuando un dirigente político de su responsabilidad confunde tan intencionadamente la realidad deja en evidencia, para la mayoría de la opinión pública, algo más que su incapacidad: muestra su moralidad.

Este paso, quizá, invalida para la gestión política (además de desacreditarla), a la secretaria general del primer partido del país. No es un tema menor. Y dejará una larga huella sobre su trayectoria y su mentor. Se impone una rectificación formal y estratégica. De Cospedal es la colaboradora «excepcional», que nunca le ha dicho que «no» al Presidente. Y un «magnífico ejemplo a seguir», afirmó rotundamente Rajoy hace pocas semanas, en plena crisis por la gestión del caso Bárcenas. Pero sin criterio propio (o sin capacidad o voluntad para tenerlo, para decir sí o no, según la situación) no hay discernimiento y, sin discernimiento, no puede haber ni se puede ejercer la responsabilidad. Esta es la cruda realidad. Y este es el mensaje de fondo que queda.

Aquel elogio gallardo, que ensalzaba la lealtad y la valentía, se torna —progresivamente— en una sombría revelación. Y abre muchas preguntas sobre el modelo de liderazgo y de relación que establece el Presidente. «Esas lealtades fieramente incondicionales —a un país, a Dios, a una idea o a un hombre— han llegado a aterrorizarme», decía Toni Judt. Cuando una cooperación política y personal se basa en la adhesión incondicional, la ciencia política sí que tiene un nombre muy preciso para ella.

Rajoy debe pedir a la mujer que nunca le ha dicho que no que cambie esta línea argumental y olvide este estilo provocador. O de lo contrario, muchos ciudadanos pensarán que no quiere pedírselo. O no puede. O no le conviene.

 

Enlaces de interés:
La crisis, por su nombre (Magí Camps. La Vanguardia, 19.05.2013)

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