En coche: la primera declaración de la Infanta

Publicado en: El País (8.02.2014)(blog ‘Micropolítica’)

Finalmente, no ha bajado la rampa. Esta primera declaración visual y escénica de la Infanta es parte de su estrategia jurídica. «Soy, antes que nada, Infanta», nos ha dicho con su gesto y su decisión. No había ninguna razón relacionada con la seguridad para no bajar por su propio pie. Se ha sentado, también, en el lado contrario en el que se sienta habitualmente, con el único objetivo de impedir un plano visible y directo de los medios a la salida del vehículo.

Estas son algunas claves para interpretar un gesto que es metáfora y símbolo, a la vez.

1. La altura y la posición son elementos decisivos en la construcción de la liturgia del poder. Sea este religioso o civil. Político o económico. La distancia y la altura respecto a la audiencia o al público (o a los asistentes, cuando se trata de un hecho presencial), así como la posición que ocupa quien representa y ostenta el poder configuran, en parte, sus símbolos y, a veces, los símbolos del privilegio.

Por eso, el poder necesita tarimas y estrados. Púlpitos y atriles. Por eso, el poder está delante, alto, encaramado; o en el centro, por encima de los demás. El poder necesita visibilidad y… distancia. Sin ella, no hay atributos de autoridad.

2. El suelo. No pisar el mismo suelo (o no estar a la misma altura) es también parte de la escenografía de la jerarquía. Moquetas y alfombras, así como espacios reservados para el paso, el acceso o la posición, formarían parte de esta interpretación tradicional de la autoridad: estoy contigo pero no a tu altura, ni piso tu mismo suelo, ni estoy en el mismo lugar. Mi disposición es superior.

Durante siglos, el poder absoluto se ha caracterizado por no pisar el suelo de los mortales ni por hacer el esfuerzo de caminar para desplazarse. Te llevaban, te porteaban.

3. A pie. No hay duda de que las condiciones particulares del acceso a los Juzgados de Palma (bajada peatonal, buena visibilidad, único plano posible) hacen de la llegada a pie de cualquier persona un marco de interpretación lleno de matices y símbolos. «Bajar» de las alturas para cumplir con la justicia es como caer del pedestal. Es la metáfora perfecta de la pérdida del privilegio y la distinción. Descender a lo terrenal, a lo común.

Llegar a pie, además, introduce la visibilidad de la pérdida del poder del acompañamiento del coche y del personal de seguridad. Llegas tú (por tu propio pie), no te llevan. Es un cambio en la percepción de la autoridad extraordinario.

4. La pena de TV. Es evidente que la larga exposición mediática (a pesar del tramo corto de la rampa) que significaría llegar a pie es un coste en términos de imagen muy severo. Llegar a declarar a un Juzgado como imputada por fraude fiscal y blanqueo de dinero no es poca cosa; y si, después de la declaración, tu posición judicial puede agravarse no es agradable para nadie. Tu llegada puede reflejar tu estado de ánimo, tu actitud, tu disposición… El cuerpo habla. La posición de la cabeza (mirando excesivamente al suelo o no) hubiera revelado sentimientos de ansiedad o culpabilidad. O de confianza, seguridad y tranquilidad. No llegar a pie ha sido la primera «declaración» de la Infanta.

Si llegaba a pie, hubiera podido mirar a los medios de comunicación. Ignorarlos ha sido una señal de inseguridad, más allá del saludo, tan impostado y artificial, tan propio de las inauguraciones. Falsa seguridad. No, Infanta, no.  Los medios no eran entusiastas ciudadanos que se alegran y se admiran de la presencia real.

5. La ofensiva posible. Cuando la Infanta (y todo el entorno de la Casa del Rey), finalmente, asumió que el coste de la declaración podía ser inferior al de la sospecha permanente, empezó un nuevo marco jurídico, político y de imagen. Al no bajar a pie, coherentemente, ha perdido una oportunidad de mostrar seguridad y serenidad. Ambas condiciones ayudaban a reflejar, más allá de los hechos, que acepta su condición de ciudadana. No ha sido así. Ahora, en manos del Juez.

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