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El miedo a gobernar

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Publicado en: El País (14.2.2016)(blog ‘Micropolítica’)

No se puede gobernar en coalición con complejos. Ni de inferioridad. Ni de superioridad. El miedo a gobernar puede impedir oportunidades históricas y responsabilidades políticas ineludibles. La coalición no es para arrogantes, sino para humildes. No es para impacientes, sino lo contrario. Coaligarse es comprender los límites de tu propio poder, y hacerlos compatibles con los límites de tus socios. España necesita un gobierno estable y fuerte, sí. Pero necesita, también, una larga etapa de pedagogía política y ciudadana sobre el concepto de coalición. Pasar de las cómodas y seguras alternancias a las complejas e inciertas alternativas es un ejercicio de responsabilidad colectiva. De los dirigentes políticos y de los activistas, que no pueden ―ni deben― impedir la cultura del pacto con maximalismos y exigencias, de quienes ignoran la historia y los procesos de maduración y creación de mayorías tanto culturales como políticas.

La coalición es incompatible con la hegemonía y con la destrucción del socio. O su superación. Hay que sustituir la cultura caníbal por la de compartir: éxitos y fracasos. Se trata de crear un escenario y un clima de larga duración. Si la cultura de la coalición fracasa en España, todo lo ganado por la nueva pluralidad política será laminado. Los ciudadanos quieren acuerdos. España los necesita. Y el futuro, y sus inclemencias económicas y políticas, debe ser compartido. Es legítimo competir, pero nadie crea condiciones de pacto sin corresponsabilidad. Un gobierno de coalición no puede ser un gobierno receloso. ¿Cómo va a obtener la confianza de la ciudadanía si sus socios desconfían ―hasta la paranoia― entre sí? Un gobierno de coalición no debe empezar como la crónica de su muerte anunciada.

El estudio y la experiencia de los gobiernos de coalición pudiera ayudar a los dirigentes políticos que deben explorar acuerdos, es decir ceder para ganar. Se trata de negociar, no de engañar ni de engañarse. Ese estilo es cortoplacista. Y un grave error. Deja la tierra quemada cuando de lo que se trata es de fertilizarla.

A lo que nos enfrentamos es tarea de titanes, no de trileros. Los retos en España, en Europa y en el mundo exigen un gobierno de verdad, no uno con alfileres. ¿Vamos a dimitir de nuestra responsabilidad local y global por un regate corto, de efectividad dudosa, sin comprender lo que nos jugamos y dónde estamos? En una imprescindible entrevista a Étienne Davignon, exvicepresidente de la CE y uno de los últimos miembros de la generación que forjó la integración del continente tras la Segunda Guerra Mundial, lo explicaba muy bien: «La UE está a punto de colapsar y casi ningún líder la defiende». No somos una isla, aunque a veces algunos se empeñen en aislarse. El futuro gobierno de coalición ―si lo hay― debe saber que también entrará en coalición con nuestros socios europeos. Ser socio (de otro, de otros, de afines y adversarios) es la naturaleza política actualmente, ahora, en Europa. Hacer política hoy es construir alianzas. Otra vez la lucidez de los poetas: «No es lo que importa llegar solo ni pronto sino llegar con todos y a tiempo» (León Felipe).

La periodista Soledad Gallego-Díaz afirmaba en un reciente artículo que los problemas no se pueden resolver con el mismo pensamiento con el que se crearon y que, por tanto, son necesarios nuevos enfoques y debates que den lugar a soluciones que, lógicamente, deben inscribirse en el medio y largo plazo. Pero tan importante como alcanzar diagnósticos acertados y proponer soluciones viables es atinar con los mecanismos necesarios para desatascar los bloqueos y los catalizadores que faciliten los procesos, que proporcionen ―en palabras de Davignon― la perspectiva adecuada a los problemas. Por ello, un gobierno de coalición necesita una mirada nueva, alejada de la contienda electoral, del tacticismo ridículo, de beneficios particulares y con la generosidad adecuada que emana del que se siente responsable, del que es consciente de que las renuncias y cesiones, en cogestión, obtienen beneficios mayores. Nadie puede mirar adelante, y necesitamos un gobierno que lo haga, si sus dirigentes consumen su tiempo en cuidar sus espaldas esperando la traición anunciada o esperada. Necesitamos un gobierno confiado, no de rivales que dedican su tiempo a vigilarse y traicionarse. ¿Es posible? España lo necesita.

En este momento, quizá sería de más utilidad una guía para negociar un acuerdo de gobernabilidad, que puede concretarse en un gobierno de coalición, en un pacto de apoyo parlamentario explícito o en un pacto de apoyo parlamentario tácito. Es evidente que en el punto de partida de toda negociación son más evidentes las diferencias que las coincidencias. No en vano las partes negociadoras acaban de competir electoralmente. Pero hay una clave decisiva: una vez establecido un escenario de negociación hay que suponer que existe un mínimo decidido y sincero de voluntad política para intentar un acuerdo. Sin esta voluntad se falsea el proceso negociador en aras a cálculos tácticos pensados en función del escenario de fracaso de la negociación. Si van a especular con el fracaso no pretendan obtener un éxito. Será imposible.

Para los que aseguran que cualquier coalición está condenada al fracaso, recomiendo leer La política de las coaliciones en Cataluña, un trabajo pertinente de los profesores Jordi Matas y Josep M. Reniu. Y, en especial, el oportuno libro de J. Matas La Formación de un Gobierno de Coalición. Un libro honesto que explica muy bien, entre otras cosas, cómo la semilla de la desconfianza es capaz de destrozar un buen gobierno. Ambos trabajos, y otras referencias, confirman la tesis de que gobernar en coalición es complejo, y con evidentes riesgos políticos, pero que aporta perspectivas más fundamentadas, más incluyentes y más necesarias para afrontar situaciones difíciles y complejas. Es decir que, en coalición, juntos, compartiendo y sumando, se pueden enfrentar mejor los desafíos que nos esperan impacientes e inexorables.

Ahora que hay quien descubre la actualidad del pasado y de sus protagonistas, es decir de las permanentes y vigorosas lecciones de la historia, conviene releer a nuestros dirigentes que antaño gobernaron en coalición. No me resisto a compartir un fragmento de Mi rebelión en Barcelona de Manuel Azaña: «Imaginación estéril, o atrasada de noticias, es incontable el número de gentes que puebla de simples repeticiones su horizonte político. Porque las cosas pasaron de cierta manera, han de pasar lo mismo otra vez; no imaginan más, no se preguntan si la repetición es posible. La plasticidad de lo pasado, pura memoria, se les impone con fuerza de invención y andan por ahí dándole cuerpo, con evidencia puramente retrospectiva. La credulidad contagiosa que hablando bajito engruesa un rumor de trueno, es de peligro y puede engendrar terribles disparates si el gobierno de España recae en gente sin mundo, ni tacto, cuya sensibilidad política no sea una fase de la sensibilidad personal cultivada, sino astrosa indumentaria corcusida con barreduras de redacción y aculotada con chabacanerías de comité suburbano. Entonces no se imprime gobierno a una nave, a favor o en contra del viento: se la deja abandonada al ímpetu caprichoso de las alucinaciones».

Pues eso: mentes abiertas. El miedo a gobernar no se supera con aferrarse a tus propias convicciones, tan confortables en su seguridad. Sino con la fortaleza de las contradicciones ―en la corresponsabilidad compartida― cuando éstas se superan con la grandeza de trabajar para el bien común. Gobernar en coalición es un antídoto muy oportuno para comprender los límites del poder (El fin del poder, en palabras de Moisés Naím) y una experiencia que enriquece tanto como limita. Un buen gobierno es un gobierno de talento compartido. Un gobierno que hace de las líneas rojas, de las trincheras, una madeja, una red de líneas, que, entrelazadas, se convierten en un campo abierto. Un gobierno de coalición puede ser la solución a la complejidad actual, no una etapa inevitable de la siguiente precampaña.

 

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