La previsibilidad en política

A Mariano Rajoy, presidente en funciones, le gusta el concepto para autoafirmarse y definirse: «Tengo unas ideas y principios y no los cambio de un día para otro, por eso soy previsible». Lo dijo en 2011. En macroeconomía, la previsibilidad es un valor, en tiempos de incertidumbre económica y de confianza bursátil tan volátil. Pero, en política la previsibilidad no parece ser, precisamente, una virtud, sino más bien un defecto. Puede ser la evidencia de una tozudez o una incapacidad para adaptarse al cambio o a un escenario nuevo. Tozudez que puede derivar en miope sectarismo. E incapacidad que puede acabar en parálisis enrocada. O en coartada.

«¿Dilata Rajoy sus decisiones porque es hombre dubitativo y diletante? ¿Las atempera con sentido táctico? Lo cierto es que el presidente del Gobierno es un don Tancredo para algunos y un estratega para otros. No faltan quienes le atribuyen desgana; pero tampoco los que suponen que transita por el poder desde hace años como por el pasillo de su casa. En todo caso, hay cierto consenso en atribuirle un enorme desdén por la opinión publicada y también por la pública.» Así describía al Presidente, en 2014, José Antonio Zarzalejos en Maquiavelo aplaude a Rajoy.

Rajoy es previsible, también en las entrevistas, aunque algunas se han hecho esperar cuatro años. Como la última realizada por Jordi Évole: «…si lo hubiera sabido no lo hubiera nombrado tesorero» (en alusión directa a Luis Bárcenas). Rajoy afirma que no sabía nada de la corrupción de su amigo y colaborador. Todo previsible. Y en las próximas elecciones, seguramente, va a ofrecer ― de nuevo ― una idea básica: la seriedad. Como en el 20D. Con esta fórmula ganó, pero no pudo gobernar, ni tan siquiera intentarlo, por autoexclusión.

«Nadie es perfecto», afirma el Presidente como excusa y expiación, al mismo tiempo. Rajoy hace de la normalidad ― rozando el relativismo moral ― una norma. Pero él no es un ciudadano normal: es el Presidente (en funciones). Su sentido común a veces no tiene sentido alguno: sentencias nihilistas, tan insulsas, cuando no hilarantes. De un presidente esperamos ideas, no ocurrencias, comentarios o chascarrillos.

Lo previsible es estático, es inmutable. No deja lugar a la innovación, a la regeneración, a la sorpresa… Pero, la realidad hoy nos exige algo completamente distinto. Vivimos una realidad que es cambiante; constantemente, nuevos desafíos nos exigen nuevas ideas, respuestas y soluciones. La previsibilidad es la renuncia y la aceptación ―resignada ― de un determinismo político marcado por los propios límites económicos (y financieros) del poder. Rajoy lo ha confirmado, sin pestañear, en la entrevista: «Aunque sea presidente del Gobierno, el presidente del Gobierno puede lo que puede, que no es demasiado».

La previsibilidad es claudicante por resignada y nos aleja tanto de la determinación y la autonomía como de la creatividad e innovación, tan necesarias, también en política. El previsible es un espectador, protagonista de la cadencia mecánica. En tiempos de soberanías compartidas, la previsibilidad política es una cláusula de cumplimiento, más que una garantía de compromiso. La política no puede, ni debe ser previsible. Segura, sí. Comprometida, también. Pero previsible es aceptar su subordinación y claudicación.

Publicado en: El País (4.4.2016)(blog ‘Micropolítica’)

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