Lo que aprendemos de Trump

Lo que aprendemos de Trump

El pensador Michael Ignatieff, autor del imprescindible ensayo Fuego y Cenizas. Éxito y Fracaso en Política, afirma: «Los líderes prudentes se obligan a prestar la misma atención a los defensores y los detractores de la línea de acción que están planeando». La irritación y la oposición que despierta Donald Trump, en tantos y tantos sectores sociales, puede ser un obstáculo para pensar y reflexionar sobre lo que significa su candidatura y su campaña. Intentaré identificar las lecciones que debemos aprender (que no emular), desde una perspectiva de la comunicación política.

1. Despreciar al adversario. Trump es incomprensible para muchas personas, que tienden a frotarse los ojos de incredulidad. Sorprendidas y enojadas, no reflexionan, sólo se alarman. Esta es la primera lección. Rechazar —casi visceralmente— a Trump no permite entender los porqués. Y cuando no se comprende no se combate con garantías de éxito. A Trump hay que estudiarle, aunque nos moleste o nos altere. Despreciarle es un error.

2. El lenguaje
. Trump no ha llegado hasta aquí sin un uso del lenguaje radicalmente diferente del políticamente correcto. Los insultos —y motes— han sido una de sus bazas. The New York Times publicó esta semana una doble página en papel con todos los insultos de Trump —282, exactamente— desde que anunció su candidatura. Es tan soez que repugna. Pero Trump sabe que sus provocaciones son un tridente: alimentan las pasiones y los instintos de sus seguidores, movilizándolos; ocupan protagonismo en las redes y los medios, marcando la agenda de sus oponentes; y son la coartada perfecta contra el discurso político. Mejor insultar (etiquetar, reducir a un cliché) que argumentar. Atención, los insultos, además, permiten a muchas personas «hablar» de política. Personas que antes no se sentían ni escuchadas, ni reconocidas. El insulto es un grito para ellas. Para Trump, una elaborada técnica de pendenciero provocador.

3. Las élites. Trump ha abanderado el discurso contra las élites formadas e informadas. Sus ataques al establishment calan en un electorado que se siente ridiculizado o despreciado por los creadores de opinión y por los modelos de liderazgo social. Estimula la ignorancia de sus electores al no reconocer datos irrefutables. Mejor equivocados y aguerridos, que dudosos y débiles. Trump es un populista. Sabe que el nuevo conflicto arriba-abajo es más movilizador que el de izquierda-derecha. Ha estudiado psicología social. Combate las ideas de sus adversarios con vísceras. Sabe lo que hace. Desprecia lo culto.

4. Las mentiras. Trump es el candidato más mentiroso de toda la historia. Los verificadores de datos en los tres debates han tenido mucho trabajo, aunque fácil. Descubrir las mentiras de un bravucón hablador es simple: deja mucho rastro. Sin pudor, ni rubor, afirma y se contradice, o niega evidencias indiscutibles. Su estrategia es seguir en posesión de la palabra, aunque sea mentira o falsa. Ha comprobado que las mentiras no disuaden a sus electores duros, sino que —al contrario— crean en ellos un antídoto a lo razonable. Con el arsenal de mentiras no se sienten tan perdedores, se sienten vengativos. Esa es la fuerza y el peligro. Este es un combate entre la razón y el instinto. Trump apuesta por el estómago de los electores, por sus pasiones, por sus miedos. Clinton apela a la razón. Ambos han olvidado el corazón de sus compatriotas.

5. El relato. Hillary Clinton ha reconocido que, en muchos momentos, el relato simple y maniqueo de Trump es mucho más efectivo que su pedagogía discursiva. El republicano ha reducido la política a un juego de rol: con sus villanos y sus escenarios. Trump no explica problemas, identifica culpables. Esta es la clave por la que hoy —todavía— tenga algunas opciones de ser Presidente. Para un pueblo como el norteamericano, donde la derrota y la victoria son tan importantes en su cultura nacional, encontrar culpables (y etiquetarlos) es un poderoso factor de movilización. Joseph E. Stiglitz afirma que: «El apoyo que recibe Trump se basa, al menos en parte, en la ira generalizada derivada de la pérdida de confianza en el Gobierno». Ya lo han visto en las películas. Cuando una comunidad se convierte en una turba… el linchamiento es el atajo frente a la justicia. Trump sabe lo que hace. Espero que la justicia —la de la democracia— llegue a tiempo.

Publicado en: Reforma.com (México)(35_Tendencias Globales. 30.10.2016)

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