La pregunta clave

Publicado en: El Periódico de Catalunya (27.07.2012)(blog ‘Born in the USA‘) (versión pdf)

Las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre tienen un desenlace incierto. El resultado de las encuestas sobre la intención de voto oscila para ambos candidatos entre el 44% y el 47%. Estos comicios marcarán, también, un hito importante en la manera de hacer campaña: uso de la videopolítica, influencia de las súper-PAC y, sobre todo, la avalancha de anuncios negativos que ambos candidatos han realizado hasta hoy, con las consiguientes exorbitantes cantidades de dinero que han invertido para asegurar su difusión. El gasto de Obama en anuncios políticos supera el de Romney en un margen de cuatro a uno.

La responsabilidad de Romney en la gestión empresarial de Bain Capital, que se presenta como una muestra de la ética y la capacidad del aspirante republicano, es parte de esta estrategia, incluso cruzando la débil línea que separa las campañas negativas de las sucias. Aunque quien ha encabezado el hostigamiento más severo ha sido Barack Obama, que ha construido una estrategia política que ha conseguido desviar la atención de la economía y de los decepcionantes informes sobre el desempleo.

Los demócratas han logrado controlar el mensaje de campaña de Romney, poniéndole constantemente a la defensiva. Han puesto el foco en torno a su patrimonio personal, sus negocios fuera de los Estados Unidos, su declaración de impuestos y sus cuentas bancarias en el exterior. Han utilizado hábilmente su negativa constante a mostrar su declaración de impuestos para generar dudas: ¿qué estará ocultando Mitt Romney? ¿qué tiene que esconder?

Según un artículo de Associated Press, para poder calcular la riqueza de Romney, se deben sumar los patrimonios de los últimos ocho presidentes estadounidenses, desde Richard Nixon a Barack Obama, y multiplicar el resultado por dos para obtener una idea aproximada. Según el propio Romney, su patrimonio está entre los 190 y los 250 millones de dólares, lo que le hace 50 veces más rico que Obama.

La campaña está girando de las competencias profesionales y políticas a las competencias morales. Obama, con su ofensiva negativa, busca diferenciarse de su contrincante en la ética personal y pública (aunque, para ello, deje el campo minado de agresividad y hostilidad). Nada que ver con el “buenismo” de hace cuatro años.

El actual presidente quiere presentar a Romney como un empresario despiadado en lo social y ambicioso en el lucro personal, sin importarle sobrepasar los límites legales o éticos. Y lograr que se le juzgue como tal para evaluar sus capacidades políticas. Por su lado, Romney presenta a Obama como un mal político, que tiene al país en la cota más alta de desempleo de los últimos años.

Existe pues una batalla, casi previa a la elección, por situar en la opinión pública la pregunta clave: ¿quién quiere usted que gobierne Estados Unidos: un presidente (aunque haya fracasado) o un empresario (aunque haya cometido errores)? Quien gane en el planteamiento de la pregunta, ganará la respuesta. Este es el desafío.

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