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La grosería en política

El incremento del lenguaje grosero y maleducado —a menudo soez— en la vida política no es solo un síntoma del deterioro de la cortesía parlamentaria o del lenguaje políticamente correcto. Refleja algo más profundo, creo, que cuestiona la cordialidad política y el fair play en la competencia electoral. Se trata de una estrategia que no hay que subestimar, y no es únicamente un rasgo que define (y degrada) a quien practica la grosería política. El grosero tiene un plan.

El eructo verbal es audaz y desafiante. Representa, para los que minimizan o admiran disimuladamente esta osadía, un ejercicio de libertad y autonomía, que conecta con el deseo de hacer una peineta a los convencionalismos y a un cierto rigorismo de lo formal. El grosero hace y dice lo que quiere, y muestra así una independencia seductora para muchos electores que desean castigar a la política estándar y homologada. Se ríe de todos y de todo, aunque no sea gracioso. Y conecta así con la bufa y la mofa que tan popular y efectiva ha sido en la historia para burlarse del poder establecido.

El grosero intimida, también. Su exhibición no es sólo exceso censurable, es un símbolo de fuerza y poder. Una muestra de inimputabilidad que le recubre de un aura especial: la victoria de la vulgaridad. El lenguaje como kick-boxing para representar el habla ordinaria, cotidiana y popular. Las palabras como manotazos, cuando no puños. El lenguaje de la calle, de los que no cuentan ni son contados. La grosería es un ejercicio de ruptura, transgresor y que encumbra el comportamiento canalla. Un estilo atractivo para algunos sectores de nuestra sociedad que se sienten decepcionados o fuera del foco de las preocupaciones formales de la política democrática.

Hay también un cálculo político. Pierre Rosanvallon, en El siglo del populismo, explica muy bien que este lenguaje (y pone como ejemplo a Trump) «no impacta solo por su vulgaridad (apreciada por sus adeptos), sino que incita de manera sistemática e inédita a las divisiones partidarias».

Atención: detrás del exabrupto no solo hay un grosero al que hay que señalar o reconvenir. Hay un cazador de emociones y estados de ánimo que quiere representar y liderar. Entender el alcance de este desafío es el primer paso para combatirlo con inteligencia, no con desdén.

Publicado en: La Vanguardia (6.04.2023)
He pedido la colaboración de Carla Lucena para realizar la ilustración de este artículo.

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