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La piscina, Trump y el mito de Narciso

Los autócratas sienten fascinación por la arquitectura y la escultura. Creen que la piedra inmortaliza y consolida su poder, que lo hace eterno y memorable: arcos triunfales, estatuas imponentes, monumentos encolumnados, grandes avenidas y edificios. También estanques, jardines… y piscinas. Todo con tal de proyectar el culto al liderazgo.

Donald Trump se ha puesto como meta intervenir Washington D.C. La ciudad es el símbolo de la política estadounidense, por lo que su cambio es un paso fundamental para transformar el sistema y el país. Además, tiene una saña especial contra la capital, propia de un orgullo herido: en las elecciones de 2024, un 90% de sus votantes marcó en la papeleta el nombre de Kamala Harris, la candidata demócrata. Y Trump no perdona, como hemos visto en los constantes choques entre su Administración y los líderes electos de Washington D.C.

Trump, el empresario inmobiliario, no se conforma con definir el skyline de las grandes ciudades con sus rascacielos y torres doradas. Ahora Trump, el presidente sin límites, profesa culto a la arquitectura imperial. Con este objetivo en mente, el presidente ha iniciado innumerables reformas que van desde su anhelado arco triunfal, pasando por la grandilocuencia kitsch de modificar la estructura de la Casa Blanca, hasta cambiar la piscina reflectante frente al monumento de Lincoln para que proyecte y refleje un color azul más parecido al de la bandera estadounidense. El fracaso en su remodelación es una metáfora perfecta de su Administración: improvisación técnica, desprecio a la naturaleza, arrogancia institucional, desmanejo presupuestario. Pero Trump no reconoce fracaso alguno y, con total impunidad, cargó contra todos y contra todo para justificar el fiasco.

Este último y bochornoso episodio con la piscina reflectante es muy alegórico de su personalidad presidencial. Cuenta el mito que Narciso era un joven de gran belleza. Estaba destinado a tener una larga vida, pero siempre que nunca se lograra ver a sí mismo. Pasaron los años y muchos se enamoraron de él, pero el joven los rechazó a todos. Su arrogancia era incompatible con el amor. Una de sus víctimas fue la ninfa Eco, quien se marchitó de dolor. En venganza, la diosa Némesis hizo que el joven Narciso se acercara a un río y se viera a sí mismo. Al instante, quedó embelesado con su propia imagen. Tanto que no pudo apartar la mirada y terminó muriendo en la orilla. Murió de tanto mirarse.

La presidencia de Donald Trump es la más ególatra de la historia de EEUU. El culto a la personalidad caracteriza muchos de los cambios que realiza en Washington DC: su rostro ha sido puesto en la fachada de edificios federales e intentó poner su nombre en el Kennedy Center, aunque un juez revirtió la decisión. Pero no se queda allí, para celebrar el 250 aniversario de la Independencia el Departamento de Estado emitió un pasaporte conmemorativo que muestra el retrato de Donald Trump junto a la Declaración de Independencia y los Padres Fundadores. Es la primera vez en la historia que un documento de viaje de EE UU incluye el rostro de un presidente en funciones. Pretende hacer lo mismo con billetes y monedas.

Pero Trump está realmente obsesionado con la piedra. El deseo de Trump de incluirse junto a George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln ha sido una aspiración obsesiva de su Administración y de sus acólitos. Recientemente, el propio mandatario compartió en Truth Social una imagen editada digitalmente que lo mostraba esculpido en el Monumento Nacional Monte Rushmore. No sucederá en la realidad, pero Trump ya ha desdibujado los límites y los contornos de lo real e imaginario. La IA que usa de manera provocadora —y como parte de su batalla cultural— lo convierte, cuando le conviene, en Jesucristo o en el quinto rostro pétreo de los fundadores de la patria.

Su vanidad es el epicentro institucional y político de su Gobierno y de la agenda institucional. Como todos los autócratas, celebran sus cumpleaños como una extensión de su ego y someten al vasallaje a instituciones o símbolos que deben representar al conjunto y son patrimonio de todos. El año pasado hizo celebrar un desfile militar el día de su cumpleaños y este año montó un espectáculo de la UFC en los mismos jardines de la Casa Blanca.

Trump no cede. Y no cederá nunca. Hace pocos días, en una entrevista para el libro Regime Change de los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan, él mismo se preguntaba mostrando un dudoso análisis histórico, si alguien en la historia había tenido más poder que el que ostenta en el presente. Y se vanagloriaba de ser el hombre más poderoso de la historia en comparación con Atila el Huno, Gengis Kan, Alejandro Magno, Julio César, Napoleón Bonaparte, Stalin, Mao y Hitler. Narciso Trump ya no puede apartar su mirada del agua, embriagado y extasiado en sí mismo, en su reflejo permanente. Ya no ve a nadie más.

En los próximos días, en los fastos y celebraciones por el 250 aniversario de la Independencia de los EEUU, veremos bochornosas y vergonzosas imágenes que empañarán la imagen de una nación y una historia tan ejemplares en tantos ámbitos. Pero resistirá, como siempre ha hecho, a pesar del actual presente tan descorazonador.

Publicado en: El País – El País América (29.06.2026)
Fotografía: Praswin Prakashan para Unsplash


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