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Profecías y profetas

Nunca habíamos tenido a nuestro alcance tantas herramientas que nos permiten predecir el futuro. Y, sin embargo, nunca habíamos vivido con tanta incertidumbre. Los antiguos consultaban oráculos; nosotros consultamos algoritmos. Cambian los instrumentos, no la necesidad de encontrar certezas. Pero, ¿y si el problema no fuera que las predicciones fallan, sino el poder que les otorgamos?

En su libro Profecíala filósofa y profesora de la Universidad de Oxford Carissa Véliz, que recientemente estuvo en el Cercle d’Economia, plantea una idea tan sencilla como inquietante: una predicción no es un hecho. Los hechos pertenecen al pasado; el futuro solo admite conjeturas. No obstante, cuando aceptamos una predicción como inevitable (la de un algoritmo o un líder tecnológico…), dejamos de discutirla y empezamos a actuar como si hubiera ocurrido ya. Individuos, instituciones y mercados ajustan su conducta a esa expectativa. Así, las profecías a veces se cumplen porque han sido creídas. Es el mecanismo de las profecías autoincumplidas y autocumplidas a la vez. Un efecto que puede reforzar inercias que parecían solo hipotéticas.

Vivimos rodeados de pronósticos. Predicciones económicas, electorales, demográficas o tecnológicas compiten por ofrecernos la ilusión de que el mañana puede calcularse. La inteligencia artificial ha elevado esa expectativa a una nueva escala. Su capacidad para detectar patrones nos deslumbra hasta el punto de olvidar que correlación no significa comprensión. Los modelos estadísticos reconocen regularidades, pero no conocen las razones profundas de las cosas. Como recuerda Véliz, tampoco distinguen necesariamente entre lo verdadero y lo simplemente verosímil.

Quizá por eso convenga desconfiar de una cultura obsesionada con acertar el futuro. La historia avanza precisamente porque siempre termina desmintiendo a quienes aseguraban conocerla de antemano. Las grandes crisis, las innovaciones decisivas y los cambios políticos más profundos casi nunca han llegado cuando los expertos lo esperaban. Entonces, la cuestión, quizá, no sea predecir mejor, sino prepararnos de la mejor manera posible. Una democracia fuerte no necesita profetas infalibles, sino instituciones capaces de adaptarse, ciudadanos críticos y organizaciones que aprendan. Prepararse exige imaginación, educación, deliberación. Predecir solo exige confianza en quien afirma saber lo que ocurrirá.

Tal vez la libertad consista justamente en eso: en preservar la posibilidad de que el futuro siga siendo una construcción colectiva y no el resultado de una predicción convertida en destino. El determinismo de las profecías es peligroso: otorga un poder visionario excesivo a los nuevos profetas, inhibe la capacidad autónoma y soberana de las personas para decidir su futuro y aplana el pensamiento con una nueva versión del TINA­ («no hay alternativa»). Frente a ello, recuperar la capacidad de cuestionar lo inevitable no es un gesto ingenuo, sino una condición de autonomía democrática.

Publicado en: La Vanguardia (06.07.2026)
Fotografía: NASA para Unsplash


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