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La era del ‘slop’

Durante años nos ha preocupado (y aún nos preocupa) la desinformación. Hoy deberíamos preocuparnos por algo más sutil y, quizás, más corrosivo como es la irrelevancia. La elección de slop como palabra del año 2025 por el diccionario Merriam-Webster no es solo una etiqueta lingüística, sino un síntoma cultural. Define ese contenido digital de baja calidad generado masivamente por inteligencia artificial que inunda nuestras pantallas con apariencia de normalidad.

Y el problema no es únicamente la basura generada que consumimos sin criterio. Es la anestesia. El slop no busca convencer, como buscaba la propaganda clásica. Tampoco necesariamente engañar. Su fuerza radica en la saturación.
En ocupar el espacio cognitivo hasta agotarlo. En este nuevo ecosistema, la abundancia no amplía el conocimiento: lo diluye. Y en esa disolución, nuestra capacidad crítica no desaparece; simplemente se vuelve innecesaria. Estamos transitando entonces de la «economía de la atención» a la «economía de la indife­rencia».

El concepto de slopaganda apunta precisamente a esta mutación: no se trata de persuadir con argumentos, sino de erosionar las condiciones mismas del juicio colectivo. Cuando todo parece igual, nada importa lo suficiente. La verdad ya no compite con la mentira, sino con el ruido. Y el ruido siempre gana. Hace unos días leía este interesante artículo que destaca que «la slopaganda no es solo un error técnico o una moda pasajera: se trata de un cambio en cómo se ejerce el poder y se crea la realidad en el siglo XXI».

Además, las plataformas no penalizan este fenómeno; lo incentivan. El slop es barato, escalable y funcional para algoritmos que priorizan el volumen y la retención. Su estética (correcta pero banal) facilita el consumo automático. No exige esfuerzo ni causa fricción. Es contenido diseñado no para ser recordado, pero sí para ser reproducido y compartido. Paradójicamente, esta banalidad masiva tiene efectos profundos. La sobreproducción de contenidos sin profundidad informativa actúa como una forma de censura blanda: no elimina voces, las ahoga. En un entorno así, la visibilidad deja de depender del valor y pasa a depender de la reiteración. El riesgo no es que creamos en todo. Es que dejemos de creer en algo.

Frente a este escenario, la respuesta no puede ser solo tecnológica. Debería ser, sobre todo, cultural y política. Necesitamos revalorizar el criterio frente a la cantidad, la pausa frente a la inmediatez, la autoría frente a la automatización. Y, sobre todo, recuperar el sentido como bien escaso.

Porque en la era del slop, pensar debería dejar de ser un automatismo y convertirse, de nuevo y más que nunca, en una decisión tomada con conciencia, tiempo y determinación.

Publicado en: La Vanguardia (30.03.2026)
Fotografía: Road Ahead en Unsplash

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