La carta

Finalmente, empieza −de verdad− la política. Hasta ahora las gesticulaciones y las instrumentalizaciones han sustituido y, de alguna manera, hurtado el debate político de fondo. Ahora puede ser diferente, aunque los compromisos mutuos dibujen un escenario imposible. De la oralidad a la literalidad. De lo que se lleva el viento, a lo que consta en acta (por escrito). La carta de Artur Mas a Mariano Rajoy (así como la respuesta y el escenario político que se genere) puede ser una oportunidad. Para ambos. Para todos.

La correspondencia política ha tenido momentos importantes −algunos históricos− en las relaciones Catalunya y España, aunque casi siempre en un sentido único del puente áereo postal. El formato ha sido diverso. Por ejemplo, las «cartas abiertas» (para ser publicadas en prensa) como las de Pasqual Maragall a José Luis Rodríguez Zapatero en 2002. Releer sus contenidos hoy ofrece nuevos matices y perspectivas en contraste con lo sucedido. «El nuevo federalismo, o como le llamamos tú y yo, la España plural, está a punto. Todas las esperanzas están permitidas. No fallaremos.», concluía Maragall.

De hecho, Maragall en su etapa como Alcalde (olímpico), candidato (socialista) o President (tripartito) escribió muchísimas cartas políticas. Su tozudez y convicciones, así como una permanente inspiración literaria, encontraban en el medio epistolar un formato adecuado de enorme libertad y autonomía. Cuando todo parecía bloqueado, Maragall tenía fe en la letra escrita: no contemplaba otra opción que la respuesta y la reciprocidad. Y a partir de ahí retomaba, empezaba o reconstruía una relación. Sus cartas y sus correos electrónicos eran, en buena medida, su manera personal de hacer y entender la política. Textos para escribir, para leer, para contestar. Textos de persona a persona.

Años antes, a mediados de los 90, las agrias cartas de Jordi Pujol a Felipe González, en las que el President se quejaba de los incumplimientos del Gobierno, fueron el tono general. Misivas contra las evasivas. Cartas en lugar de reuniones. Se escribían, mientras cancelaban citas, encuentros y compromisos. Eran cartas de reproches y advertencias que anticiparon el Pacto del Majestic. Lo que entonces fueron quejas, mucho antes habían sido ofertas. Ya en 1983, Jordi Pujol, y otra vez por carta, reiteraba al Presidente del Gobierno español su disposición «al diálogo sobre las autonomías».

Esta correspondencia explica y refleja, en parte, el itinerario político transcurrido en estos 30 años: de la disposición a la queja, de la renovada esperanza maragalliana, a la severa advertencia sobre la desafección catalana de José Montilla, hasta llegar a la decepción que anticipa una ruptura tal y como se puede hoy leer en la carta de Artur Mas.

En la historia, las cartas políticas han jugado un papel decisivo. Recordemos la correspondencia casi diaria entre Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt. O las cartas de la guerra fría, en especial las de John F. Kennedy a Nikita Kruschev en 1962 y viceversa, sobre la crisis de los misiles en Cuba y que evitaron una guerra mundial. O, décadas después, las cartas sobre el desarme nuclear de Mijaíl Gorbachov al presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan.

La correspondencia (pública y privada), puede abrir oportunidades en política. Que estas devengan históricas, dependerá de la altura de los líderes, de su habilidad y sentido de la responsabilidad y de que entiendan la naturaleza −simbólica y democrática− de las cartas políticas. Si quien las escribe, las plantea como una comunicación, renunciando a convencer o negociar, se equivocará. Quien las lea o responda renunciando a convencer o negociar, también se equivocará. Si es escenificación, estas cartas no harán historia, en absoluto. Si es correspondencia, pueden abrir una oportunidad.

Este blog tiene una divisa, una cita de James Baldwin: «Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.» Pues eso. Escríbanse. No se envíen comunicados. Escriban cartas, léanlas… y todo es posible.

Publicado en: El País (27.07.2013)(blog ‘Micropolítica’)

 

Artículos de interés:
La carta, una oportunidad (José Antonio Zarzalejos. La Vanguardia, 30.06.2013)
La hora de la audacia (Francesc de Carreras. La Vanguardia, 31.07.2013)
Una relación epistolar (Ignacio Vidal-Folch. El País, 3.09.2013)

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