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Rajoy, Mas y los 500 cafés

Publicado en: El País (08.04.2014)(blog ‘Micropolítica’)

Lo que más me ha sorprendido del discurso de Mariano Rajoy es su convencimiento absoluto de que ni tan siquiera tomando 500 cafés es posible que él y Artur Mas lleguen a una acuerdo sobre la consulta. Simplemente, porque no pueden, lo impide la Constitución, dice el Presidente. Es decir, que hablar del tema sería posible, pero es inútil. Y, por lo tanto, no hay que hacerlo. No perdamos el tiempo. Es decir, de nuevo: no puedo, no debo, no conviene, no es posible… y, además, no quiero. Aunque Rajoy no lo argumente sobre sus propias convicciones políticas, sino sobre las del Estado: «No puedo dialogar sobre lo que no es mío, ni sobre la soberanía nacional, porque tampoco es mía».

No estoy tan seguro que 500 cafés −incluso menos− no fueran convenientes para las relaciones políticas entre ambos, dadas sus actuales responsabilidades en este delicado momento histórico. España y Catalunya se merecen esas tacitas. Ya lo ha dicho Marta Rovira (ERC) en su intervención: «Si nos conociéramos más, nos apreciaríamos más». Quizá tenía razón James Mackintosh, jurista y político escocés, cuando dijo «el poder creativo de un ser humano es directamente proporcional a la cantidad de café que beba». Renunciar −de entrada− a explorar caminos no transitados favorece la inmovilidad. Y este es el mensaje que, quizá sin pretenderlo −o sí−, Rajoy traslada a la opinión pública: no me muevo. Pero con su quietud formal, lo que se refleja es su pasividad en el fondo de la cuestión, que no es otra que Catalunya, o una inmensa mayoría de sus ciudadanos y sus instituciones, no quiere seguir igual como hasta ahora. Rajoy puede seguir inmóvil, pero ignorar lo que no quiere ver ni oír no le exime de responsabilidad. Esta es la cuestión.

Hoy Rajoy ha sido más que nunca un Presidente del Tribunal Constitucional, en lugar de un Presidente del Gobierno. Su madeja jurídica es un excelente y trabajado laberinto con salida en la misma entrada del lío. Tiene coartada. Pero de un político esperamos sus iniciativas, no su inmovilidad. Su defensa constitucional es, también, su propia ofensiva en la disputa sobre principios y valores democráticos: «Votar es un derecho democrático, pero no en cualquier sitio ni de cualquier manera. No bastan las urnas para que un acto sea democrático. El respeto a la ley es la democracia. Todos tienen que atenerse a las normas, y ser demócrata implica eso».

No sé si hay tiempo para seguir tomando cafés, a pesar de sus beneficios («El café es un bálsamo para el corazón y el espíritu» decía Giuseppe Verdi). Pero esta es la quinta vez que una delegación del Parlament de Catalunya hace una propuesta de gran calado político que obligaba, creo, a abordar con coraje la cuestión de fondo, aunque la formal fuera compleja o difícil. O imposible, como dice Rajoy. Pero lo que ahora se discute no es una consulta, simplemente, sino las razones por las cuales Catalunya la pide.

Se le atribuye a Confucio esta sentencia: «Cuando el sabio señala a la luna, el necio mira al dedo». Pues eso, quizá hoy la mayoría se ha quedado mirando el dedo.

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