El gobierno se decide en Barcelona

El debate electoral organizado por La Vanguardia esta semana ha evidenciado, una vez más, que no es exagerado decir que el futuro gobierno se decide en Barcelona. No solo por el gran número de escaños en disputa, sino por la centralidad del problema en la campaña y, también, por el innegable atractivo político de los cabezas de lista de esta circunscripción. La batalla de Barcelona define y determina.

Aunque el debate estaba ­estructurado en tres bloques ­temáticos (Catalunya-España, ­política económica y social, y ­lucha contra las desigualdades), la cuestión catalana fue la que gravitó el debate. De hecho, el primer bloque tenía una duración prevista de 35 minutos y acabó ocupando más de una ­hora, sobrevolando sobre el resto de las cuestiones. Fue una tarde de trincheras. El reproche permanente substituyó al argumento. Nadie quería perder (su voto) y nadie quiso ganar (el voto indeciso o posible).

El debate tenía interés casi más por sus protagonistas que por sus propuestas. Cayetana Álvarez de Toledo superó con nota su estreno y fue la protagonista del debate, arrinconó en algunas ocasiones a Inés Arrimadas y cargó con dureza e ironía contra los independentistas. Su estilo frío y su contundencia metálica contrastó con la pasión vehemente y punzante de la líder de la oposición en el Parlament y la racionalidad moderadamente radical de Meritxell Batet.

Laura Borràs decidió hablar exclusivamente en catalán y esa fue, quizá, su principal distinción, aunque la polémica sobre las descalificaciones personales con Arrimadas fue un punto álgido de la tarde. Jaume Asens se mostró nervioso, ambiguo y descolocado a pesar —paradójicamente— de proponer una “ley de claridad” para resolver el conflicto. Ahí acabó la claridad. La posición central que tuvo en el escenario no se transformó en centralidad política ni discursiva. Y Gabriel Rufián, aunque fue fiel a su estilo sin lubricación, demostró que sabe contenerse, no generar más rechazos adicionales y defender el liderato que las encuestas le otorgan. La frialdad dentro del bloque independentistas es glacial.

Dicen los manuales de comunicación política que en un debate electoral lo más importante es no perderlo, aunque no lo ganes. Batet fue el paradigma de la estrategia socialista: con encuestas favorables mejor no cometer errores, defender ordenadamente las posiciones y replicar con moderación y serenidad. Una vez más, las formas son fondo en política, y la ministra administró con solvencia, aunque sin punch. El debate no defraudó, pero las estrategias de los partidos se impusieron a las necesidades de los electores. La obsesión coacheada de los candidatos por defender sus perímetros y atacar los votos frontera (aquellos que pueden compartir con otras fuerzas políticas) les alejó de los argumentos para convencer a indecisos y, especialmente, evidenció que resolver el problema va a necesitar de algo más que férreas posiciones de salida. Todos están en su trinchera, pero Catalunya necesita que salgan a campo abierto.

El debate mostró, también, que las fuerzas políticas no quieren negociar en serio. Mientras dure la etapa de acumulación de fuerzas y posibles fracturas o fisuras en los bloques y espacios electorales, los partidos se lanzarán a debilitar a los adversarios con los que deberán en algún momento negociar o pactar. Todos buscan llegar a la mesa en mejores posiciones, aunque sea sin soluciones. Esto va para largo. Mientras la guerra sea útil, no esperen la paz.

Artículo publicado en: La Vanguardia (7.04.2019)

Enlaces de interés:
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El uno por uno del debate de ‘La Vanguardia’ (Joan Josep Pallàs. La Vanguardia)
Un debate de pregunta única (Sergi Pàmies. La Vanguardia)
Seis a escena (Silvia Hinojosa. La Vanguardia)
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– Fact-checking de La Vanguardia: La locomotora y las cifras que descarrilan en el debate
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El ascendente periplo de Arrimadas en el Parlament en 10 carteles y escenas (Sergi Quitian. La Vanguardia, 8.05.2019)

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Comentarios sobre: El gobierno se decide en Barcelona

  1. El reto del futuro es entender que la guerra siempre es útil; lo es para unos pocos, con muchos intereses particulares y sin ninguna visión global. La mayoría sensata y prudente siempre pierde en la guerra.
    La clave de la consultoría política del futuro estará en mostrar el camino para ganar sin guerrear. Ganar sin guerra, asegura gobernar con una cierta paz.

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