La gran «tribu» demócrata

la gran tribu demócrata

ALBA HAHN UTRERO

Este artículo forma parte de la serie de contenidos del espacio ELECCIONES USA 2020, donde irán escribiendo distintas firmas invitadas.

La historia llegó a Miami los pasados 26 y 27 de junio. Ante el abarrotado auditorio del Knight Concert Hall y una audiencia televisiva de 15 millones de espectadores, el primer debate de las primarias demócratas se convirtió en un reflejo simbólico del momento de transición social y político que vive Estados Unidos.

Lo que llamó la atención no fue el elevado número de participantes (fueron 20, divididos en dos discursos, y varios más no cumplieron los requisitos para participar), sino la diversidad de los mismos. Con edades comprendidas entre los 37 y los 77 años, seis mujeres, seis personas pertenecientes a minorías raciales y un candidato abiertamente homosexual, prácticamente todos los debates presentes en la sociedad americana estaban representados en el grupo de candidatos.

Esta diversidad no es un hecho casual. Por un lado, responde a la necesidad del Partido Demócrata de dar respuesta a la presidencia de Donald Trump, quien ha incendiado las tensiones preexistentes en la sociedad americana con sus numerosos gestos y políticas racistas y sexistas, entre otros. Con una parte importante de su base compuesta por mujeres y minorías raciales, el Partido Demócrata necesita capitalizar el descontento de estos grupos con la actual Administración.

Pero de forma más relevante, el panel de candidatos refleja la culminación de una tendencia creciente durante las últimas décadas en la política americana: la centralidad de la política identitaria.

Originalmente la política identitaria se refería al desplazamiento de la conciencia de clase como eje de las desigualdades sociales, poniendo el foco, en cambio, sobre aspectos como la raza, el género o la religión. Actualmente, el término se emplea también para reflejar la idea de que dicha identidad es la clave del comportamiento electoral de los individuos, que votan motivados por una conciencia de «tribu», relegando la importancia del proyecto de gobierno de un candidato específico.

La conveniencia, en términos electorales, de adoptar un discurso (y más importante, designar a un candidato capaz de vencer a Trump) de tintes identitarios se ha convertido en uno de los principales dilemas del Partido Demócrata.

La presidencia de Barack Obama, la última demócrata, demostró que la presencia de un candidato que comparte identidad con un determinado sector de votantes puede estimular la participación electoral del mismo: la población afroamericana tuvo su mejor participación histórica y le encumbró a la presidencia, a pesar de no contar con la mayoría del voto blanco.

Pero la política identitaria también puede alienar a parte de la base del partido. En un escenario tan fragmentado, tanto a nivel de candidatos como del propio electorado, una campaña como la que vimos despegar la semana pasada, en la que la atención ha sido captada por los esfuerzos en hablar español o el debate en torno al busing por delante de la política exterior u económica, corre el riesgo de que el candidato que gane la nominación haya alienado durante el proceso a parte importante de la base del partido. Encontrar el equilibrio entre el sentir de estas diferentes «tribus» que conforman sus votantes es pues uno de los grandes desafíos del Partido Demócrata.

El Partido Demócrata tiene, además, a un firme competidor en materia de política identitaria: Donald Trump. El actual presidente venció a Hillary Clinton en unas elecciones donde la política identitaria jugó un rol importante. No en vano, Clinton empleó la posibilidad de ser la primera mujer en llegar a la presidencia como principal argumento para presentarse como outsider, pese a su larga trayectoria política; mientras que Trump utilizó una dialéctica racista, misógina e islamófoba para ganarse a su principal electorado: la población blanca.

Supo apelar a la creciente identidad blanca, la de aquellos que sienten que el sueño americano está en un pasado lejano y no quieren aceptar lecciones de privilegios de raza o género mientras se empobrecen cada vez más, para ganar las elecciones. Porque sí, los demócratas ganaron con Clinton el voto afroamericano e hispano, pero este solo supuso un 20% del electorado. Los blancos (74% del electorado), hombres (33%) y mujeres (41%), sin estudios universitarios (44%) y mayores de 50 años (56%) consagraron a Trump como presidente.

A pesar de la mejora de la economía y el descenso del desempleo, en muchos de los swing states del sur y el medio oeste americano el campo de batalla seguirá siendo por estos votantes, algo que la Convención Nacional Demócrata de 2020 tendrá muy presente. También lo tienen en cuenta los electores: el liderazgo de Joe Biden en las encuestas se explica en parte por su apariencia de elegibilidad, un candidato capaz de apelar a parte de la base republicana más centrista y llevar a los demócratas a la victoria.

Así, emplear la política identitaria no es necesariamente un error: ante un presidente que se ha consagrado con políticas excluyentes, con múltiples acusaciones por abuso sexual y declaraciones racistas, apelar a las motivaciones de las diferentes «tribus» que forman la base demócrata puede ser clave para llamar a la unidad en la diversidad y recuperar una de las grandes proclamas del sueño americano: no importa quién seas ni de dónde vengas, Estados Unidos puede ser tu hogar y verte triunfar. Pero en esa búsqueda de la diversidad, los candidatos demócratas harán bien en recordar que hay otra «tribu», la de los blancos de clase trabajadora, que tiene un gran papel en las elecciones y que deben lograr incorporar a su base. En 2016 propiciaron la victoria de Trump y en 2020 pueden volver a hacerlo, si no se les ofrece un proyecto que les incluya. Solo con ellos podrá el Partido Demócrata convertirse en la gran «tribu» capaz de cambiar el actual rumbo de la política americana.

(Más recursos e información en ELECCIONES USA 2020)

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