Mapa del odio

El odio es la nueva identidad. Lo que nos une, lo que nos moviliza, lo que nos representa. Así lo advierte el estudio Mapa de odiosque la socióloga Belén Barreiro presenta en una amplia encuesta y cuyos resultados son un espejo inquietante de nuestra realidad colectiva. Los datos son contundentes: «La mitad de la población reconoce sentir odio hacia alguno de los 70 colectivos analizados, una cifra especialmente elevada si se tiene en cuenta que se trata de una emoción intensa y extrema».

Este no es un fenómeno marginal. El odio, como emoción y como práctica social, se manifiesta de forma transversal, sin diferencias significativas entre adultos y menores, y se expresa con especial fuerza en los entornos digitales, donde siete de cada diez menores han declarado haber presenciado discursos hostiles en redes sociales.

Barreiro va más allá y analiza no sólo quiénes son los destinatarios de ese odio según las identidades y orientaciones políticas, sino el contexto en el que se reproduce. Como señala el estudio, «el bloque progresista […] concentra el odio principalmente en figuras y estructuras de poder. Por el contrario, la derecha y la ultraderecha […] lo canalizan tanto hacia líderes políticos del frente adversario como hacia colectivos identitarios en situación de especial vulnerabilidad, como los menas o el colectivo LGTBI». Este diagnóstico no es sólo descriptivo: identifica los mecanismos mediante los cuales la política del resentimiento transforma adversarios en enemigos y fractura el tejido cívico.

Los discursos de odio no se limitan a lo digital. Están presentes en nuestra vida cotidiana y, en un contexto así, la información se convierte en campo de batalla y el afecto negativo, en moneda de cambio para ganar adhesiones y visibilidad a corto plazo. Esto tiene un alto coste democrático, como estamos viendo: la polarización se normaliza, la empatía se erosiona y la lealtad a las instituciones se debilita. Y con ello, los consensos y los acuerdos sobre los grandes temas se vuelven cada vez más difíciles. ¿Cómo acordar con quien se odia? Cuando el odio es el motor de la política, la democracia se rompe.

Qué necesario es, ahora más que nunca, recuperar la política como práctica colectiva orientada a transformar tensiones en acuerdos, tratando de revertir estas dinámicas, si se asumiera que su razón de ser no es gestionar el odio, sino cultivar la capacidad de diseñar puentes y espacios deliberativos capaces de enfrentar tantas fracturas abiertas.

Barreiro ha construido el mapa de los odios. Necesitamos construir un mapa de posibles acuerdos, consensos y pactos. Es urgente definirnos por lo que nos une, y no por lo que nos separa. Es a contramano, sí. Pero conducir colectivamente hacia el abismo no es mejor que intentar ir a contramano advirtiendo del fatal desenlace si seguimos avanzando hacia el despeñadero. Porque, en palabras del artista más mediático (si cabe) de estos últimos días, Bad Bunny:«Lo único más poderoso que el odio es el amor».

Publicado en: La Vanguardia (16.02.2026)
Fotografía: Ben Mater para Unsplash

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