NURIA FERNANDEZ

Es la segunda vez que Hillary Clinton es noticia por la posibilidad de convertirse en la primera mujer que se hace con la presidencia de los Estados Unidos. La otra mujer en estas primarias, Carly Fiorina, se retiró en febrero de la nominación por el Partido Republicano. Sabemos que Clinton es una persona muy cualificada, que conoce la política doméstica e internacional mejor que cualquier otro candidato y que tiene una amplia experiencia en puestos de relevancia política. Fiorina era prácticamente una novata, por más que en 2010 optase a un puesto en el Senado, para perder ante la demócrata Barbara Boxer. Sí atesora una brillante carrera en el sector privado, llegando a ser la primera directora ejecutiva de Hewlett Packard en 1999. Clinton y Fiorina tienen poco en común, salvo su género. Y tanto una como otra han visto cómo esta condición es y fue, en el caso de Fiorina, parte importante de sus respectivas campañas.

No es nada nuevo para Clinton. Su imagen ha estado siempre bajo un minucioso escrutinio. En la primera campaña que protagonizó su marido, Bill, los medios la tomaron con su peinado; la cinta de pelo que lució en una entrevista para el programa 60 Minutes se convirtió en objeto de debate durante meses. Cuando, ya siendo Primera Dama, se puso al frente de la reforma del sistema sanitario, los ataques se hicieron más intensos. Su influencia en la Casa Blanca, o el hecho de que su marido le consultase para algunos asuntos, fue visto como un síntoma de debilidad del Presidente y una extralimitación de Hillary, a la que se dio el sobrenombre de “First Lady Plus”. Ocho años como senadora por Nueva York, cuatro años como Secretaria de Estado, ocho años como (activa) Primera Dama y décadas trabajando a favor de los derechos de las mujeres y otras cuestiones de ámbito social sólo han servido, al parecer, para que el Washington Post considerase, poco antes de anunciar Clinton su segunda candidatura a la presidencia,  que su experiencia era una desventaja en su carrera hacia la Presidencia

En las últimas semanas ha habido críticas al tono empleado por Clinton en los debates en los que ha participado, a la que se acusa de ser demasiado “agresiva”. Larry Kudlow dijo en la CNBC que Hillary tiene un discurso chillón y cercano a “Lenin o Trotski”. No ha sido el único. Para el famoso periodista del Watergate, Bob Woodward, Clinton “grita” en sus discursos “como si no estuviera cómoda”. Que su contrincante Bernie Sanders o cualquiera de los candidatos por el Partido Republicano griten no parece que sea un problema. Pero si ella muestra contundencia se dice que está enfadada. Como ha denunciado un grupo de senadoras demócratas, Clinton, o cualquier otra mujer que quiera acceder a puestos de liderazgo, tiene que luchar continuamente contra el estereotipo de “mujer chillona”.

También se la acusa de ser demasiado vieja. De hecho, si Clinton fuese elegida, tendría 69 años cuando llegase al cargo: solo Ronald Reagan lo hizo a una edad tan avanzada. Pero ¿y Bernie Sanders (74), o Donald Trump (69)? No parece que la edad sea un problema cuando el candidato es un hombre.

Ni tampoco las emociones. Biden puede hablar de la muerte de su hijo Beau, como hizo recientemente en el programa The Late Show de Stephen Colbert, y no sufrir descrédito político. Pero cuando Clinton lloró durante la fallida campaña de 2008 los medios no tardaron en ver en esto una treta femenina.  Existe un doble rasero: mientras los políticos son elogiados por mostrar emociones las políticas son fustigadas por la misma razón.

Clinton lidia con este sexismo lo mejor que puede y no ha dudado en utilizar un arma muy efectiva: el humor. En su estreno en Instagram hizo bromas sobre sus trajes de chaqueta azules. La excesiva atención sobre su peinado la llevó a afirmar: “si quiero borrar una noticia de las portadas, sólo tengo que cambiar de peinado”. Después de que su plan de reforma sanitaria fuese rechazado, Clinton mostró un vídeo en la cena Gridiron de 1995, la gala de etiqueta a la que asisten periodistas y políticos de Washington, en el que aparecía como “Hillary Gump” burlándose de sus constantes cambios de estilo: “Mamá siempre me dijo, Hillary, Hillary Gump, la vida es como un peinado; lo sigues cambiando hasta que encuentras uno que funciona”. Esta actuación, realizada en uno de los momentos más bajos de su popularidad, recibió una gran ovación del público que se encontraba en la gala. Años después, en 2001, en un discurso dado ante estudiantes de la Universidad de Yale, la entonces senadora dijo impasible: “Lo más importante que tengo que deciros hoy es que el peinado importa. Esta es una lección que mi familia no me enseñó, y ni Wellesley ni la facultad de derecho de Yale lograron señalarme que tu pelo enviará importantes mensajes a los que te rodean. Prestad atención a vuestro peinado, porque el resto del mundo lo hará”.

En la presente campaña, ante las críticas a su edad, Clinton manifestó a sus seguidores en un acto que quizás no fuese la candidata más joven pero sí sería la “presidenta (mujer) más joven en la historia de Estados Unidos”. También ha utilizado la atención a su peinado para hablar hábilmente sobre su edad: “todos los presidentes llegan al cargo con mucha energía; entonces vemos como se vuelven más y más canosos y cuando dejan el cargo tienen el pelo tan blanco como el edificio en el que viven. Quizás yo no sea la candidata más joven. Pero tengo una gran ventaja: me he estado tiñendo el pelo durante años. No, no vais a ver como mi pelo se vuelve blanco en la Casa Blanca”. Haciendo suyas todas estas burlas, riéndose de sí misma, no sólo ha puesto en evidencia el interés desmesurado en su apariencia que durante décadas han tenido los medios sino que también ha sabido utilizar las críticas a su favor y de paso ha conseguido mostrarse como una candidata auténtica y segura de sí misma.

También Fiorina, aunque ya fuera de la lucha por la nominación republicana,  supo cómo dar la vuelta a un ataque sexista. En una entrevista a Rolling Stone, Donald Trump, que habla de las mujeres como si viviera en el medievo, dijo de ella: “¡Mirad esa cara! ¿Votaría alguien por ella? ¿Os podéis imaginar esa cara como la cara de nuestro próximo presidente? Lo que quiero decir es que ella es una mujer y se supone que no debo decir cosas malas pero, en serio, amigos, venga ya, ¿estamos hablando en serio?” Fiorina utilizó estas declaraciones para promover su propia campaña a través de un vídeo en el que aparece hablando en la Convención Nacional de la Federación de Mujeres Republicanas mientras se intercalan rostros de diferentes mujeres, y acaba diciendo que la suya es “la cara de una mujer de 61 años que está orgullosa de cada año y de cada arruga”. Un vídeo con el que muchas mujeres se sintieron identificadas.

Clinton y, hasta hace un mes, Fiorina, se encuentran en territorio hostil, porque la política y el liderazgo están asociados a la masculinidad. Que una mujer llegue a la presidencia de los Estados Unidos no sólo significará que se habrá roto un techo de cristal sino que quizás será el momento en que, por fin, la sociedad acepte la idea de que se puede liderar más allá del género.