Protestas 2020: La indignación supera a la pandemia

ANTONI GUTIÉRREZ-RUBÍ / FLORENCIA PAZ

Decía Martin Luther King Jr. «No alcanza con que me pare delante suyo esta noche y condene los disturbios. Sería moralmente irresponsable que haga eso sin que, al mismo tiempo, condene las condiciones intolerables y eventuales que existen en nuestra sociedad. (…) Y debo decir esta noche que los disturbios son el lenguaje de los que no son escuchados».

En los últimos días, las protestas han tomado las calles de Estados Unidos. Los manifestantes muestran su rabia e indignación por la muerte de George Floyd, un hombre afroamericano que falleció a manos de la policía en Minneapolis.

Los sucesos de Estados Unidos recuerdan a otras protestas que se dieron en el país por causas similares. En 1968, en Baltimore, Maryland, se produjeron las mayores manifestaciones por el asesinato de Martin Luther King Jr., con seis personas muertas y cientos de heridos. 47 años más tarde y, en la misma ciudad, se llevaron a cabo protestas masivas por la muerte de Freddie Gray, también afroamericano, que fue esposado por la policía, trasladado a la comisaría y salió, menos de una hora después, en estado de coma.

Las raíces de estos días de ira e indignación son el resultado de décadas de fracasos políticos y sociales. Los problemas de racismo en Estados Unidos existen, y persisten, a pesar del surgimiento de una generación de líderes y dirigentes políticos que luchan contra esta discriminación.

Estas manifestaciones parecen seguir en la línea de los sucesos de 2019, un año sin precedentes para los movimientos de protesta masivos. En distintas calles del mundo, desde Chile a Hong Kong, la ciudadanía se congregaba para reclamar demandas que variaban en sus lemas y objetivos. Muchas chispas habían encontrado los polvorines donde estallar.

Si bien cada uno de estos estallidos tenía características diferentes y únicas reflejaban, también, denominadores comunes: desigualdad, abuso de poder y privilegios, corrupción, problemas de seguridad, falta de inclusión, segregación, falta de oportunidades y de derechos democráticos, inequidad y la falta de confianza en las instituciones. Todas causas vinculadas a la relación de la ciudadanía con el Estado, con formatos y canales de acción muy distintos.

Por ejemplo, la performance que creó el colectivo chileno Lastesis, dio la vuelta al mundo y se convirtió en el nuevo grito del movimiento feminista. Con una coreografía sencilla, fácil de aprender e imitar, una melodía contagiosa y una letra muy potente, el movimiento demostró su capacidad de organización, poder y denuncia.

También, las protestas de Hong Kong —tan retratadas por Susana Vera, lo que le valió ser la primera española en ganar un premio Pulitzer— visibilizaron el poder del uso de tecnología sofisticada y completamente novedosa para contrarrestar la vigilancia de una superpotencia tecnológica como China.

La presencia corporal y los medios digitales fueron protagonistas en las manifestaciones del pasado año. El cuerpo como medio para la disidencia. La tecnología para potenciar la voz. 

Protestar durante una pandemia

Un nuevo activismo político y social estaba en plena ebullición antes de la crisis generada por la COVID-19. Con un perfil más disruptivo con relación al tipo de activistas que hemos conocido hasta ahora, la crisis se presenta como un gran reto. El coronavirus también ataca al corazón de la acción colectiva; debilita la presencia de los cuerpos en el espacio público e imposibilita a los ciudadanos y ciudadanas a manifestarse masivamente para visibilizar sus demandas. En estas circunstancias, el nuevo activismo se reinventa porque quiere seguir impactando en la ciudadanía.

La crisis ha generado nuevas formas de acción. Algunas encuentran sus causas en demandas transversales, como el racismo, la desigualdad o el cambio climático, mientras otras ponen el foco en las acciones de los distintos Gobiernos frente a la pandemia. Pero todas florecen gracias al poder de la organización, la creatividad, la innovación tecnológica y, también, la indignación. Distintas propuestas:

1. Nuevos usos del espacio físico. La ocupación de los espacios públicos se resignifica. En Tel Aviv y Atenas se congregaron miles de ciudadanos y ciudadanas para manifestarse pero respetando el distanciamiento social. En Nueva York, los y las manifestantes protestaron contra Donald Trump colocando bolsas de cadáveres falsas frente al Hotel Trump. En Berlín los y las activistas de #FridayForFuture expusieron sus pancartas frente al Parlamento, como una nueva forma de intervenir el espacio público.

2. Campañas en la calle. En la República Democrática del Congo aún se realizan acciones de activismo tradicional. La pandemia es una recién llegada y su crecimiento ha sido lento. Sin embargo, la precariedad de los servicios sociales en el país ha despertado las alertas del movimiento LUCHA (Lutte pour le Changement, en francés). Los y las activistas desconfían de la habilidad del Gobierno para proteger a los congoleños del coronavirus. Por eso, se acercan a los mercados y realizan campañas callejeras para sensibilizar a la población sobre sus riesgos.

3. Manifestaciones desafiantes. Es un tipo de activismo provocador. En Madrid, un grupo de personas, partidarias en su mayoría de la derecha, llevan varios días expresando su descontento en la calle Núñez Balboa. La cita ha ido creciendo en apoyo. Los manifestantes, equipados con banderas españolas y cacerolas, o algún elemento doméstico para generar ruido, exigen «libertad» y la dimisión de Pedro Sánchez. En Nevada, un grupo religioso celebró Pascuas protestando en un estacionamiento de Wallmart al no poder asistir a la Iglesia. En Liubliana, miles de manifestantes salieron en bicicleta a las calles para protestar contra el Gobierno que limita las libertades civiles durante la pandemia.

4. El auge de la manifestación individual. Ante la imposibilidad de agruparse, algunas personas llevan adelante ‘manis unipersonales’. En España, un ciudadano que quiso protestar, a pesar del estado de alarma, decidió ir al supermercado con una pancarta en la que pedía la dimisión del presidente del Gobierno.

5. El uso de mascarillas como herramienta política. Muchos ciudadanos y ciudadanas utilizan las mascarillas para expresar su ideología. En España, la marca de ropa 198 ha agotado la venta de mascarillas diseñadas con mensajes que reivindican la sanidad pública. En Italia, Matteo Salvini, asiste al Parlamento con una mascarilla con la bandera italiana. También, en el Congreso español, una diputada de VOX intervino con un cubre boca con la bandera de España. Desde la Fundación ideograma, lanzamos mascARTillas, un proyecto que invita a las personas a transformar sus mascarillas en pancarta personal.

6. Activismo de balcón. El espacio privado transformado en una ventana de protestas. En muchos países, como Brasil, España o Argentina, la ciudadanía golpea ollas y sartenes en los balcones para protestar contra la gestión del Gobierno ante la pandemia. En Madrid, el día del orgullo LGTBI se celebrará en los balcones y de manera online.

7. Las manifestaciones digitales se multiplican. Este tipo de activismo ha sido muy criticado, incluso se ha denominado peyorativamente como Slacktivismo o activismo de sillón. Sin embargo, en este contexto adquiere otro sentido. En Hong Kong, las protestas han continuado a través del videojuego Animal Crossing. En él, los usuarios, se encuentran con pancartas que muestran mensajes como «Free Hong Kong» o «Revolution Now» y fotos donde se pueden ver manifestantes pisando la cara de la jefa del Ejecutivo. En España, partidarios de la derecha organizaron la primera manifestación online para denunciar al presidente del Gobierno. En la República Checa, el movimiento MASKS4ALL presionó al Gobierno, a través de las redes sociales, para que dispusiera la obligatoriedad del uso de mascarillas.

En este contexto, las protestas de Estados Unidos representan un punto de inflexión. Son diferentes al tipo que se desarrollaba hasta el momento.

A pesar de la violencia policial, la presencia de la COVID-19, que afecta desproporcionadamente a las personas más vulnerables, y los tuits del presidente Donald Trump, repletos de provocaciones, la ciudadanía estadounidense elige la calle para hacer ver y oír sus demandas.

También se aprovechan las posibilidades que ofrece la tecnología para multiplicar el impacto de las protestas a nivel global. Por ejemplo, la industria musical se ha sumado a las protestas y ha planeado apagar la música y convocar un día de reflexión. La iniciativa ha sido promovida a través de los hashtags #BlackOutTuesday y #TheShowMustBePaused. De esta forma, los programas de radio se han silenciado; los canales MTV, VH1, Comedy Central, entre otros, se han «oscurecido»; Spotify agrego ocho minutos y 46 segundos de silencio para seleccionar listas de reproducción y podcasts, el tiempo que el oficial de policía mantuvo su rodilla sobre el cuello de Floyd. Y se ha invitado a la ciudadanía a publicar cuadros negros en el feed de Instagram.

Es posible que estas acciones fortalezcan al activismo y dejen aún más al descubierto los problemas políticos, sociales y económicos que necesitan cambios urgentes. Cuando el distanciamiento social se supere es probable que el activismo vuelva con más fuerza. Las chispas y el polvorín siguen presentes. La COVID-19 no las ha parado.

(Crédito fotografía: FREDERICK FLORIN/AFP via Getty Images).

Publicado en: Univision Noticias (5.06.2020)

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En Berlín, más de 15.000 personas protestaron en apoyo al movimiento Black Lives Matter y contra el racismo y la violencia policial en todo el mundo.  (KaltBlut Magazine)
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‘We Just Want to Live.’ Photographers Share What They Experienced While Covering Protests Across America (TIME Photo. 4.06.2020)
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¿Volveremos a las calles? Disposición a protestar durante la pandemia (Olga Oruch y Felipe González Santos. Agenda Pública, 15.06.2020)

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